viernes, 9 de agosto de 2013

Nuevas misceláneas


EN EL TAXI
¿Nos lleva a la recta de Cholula? Como no… ¿Cuánto nos va a cobrar? Noventa pesos.( Es lo estipulado. Desde Cholula a casa, 40 pesos. Desde Puebla, 90. Aquí los taxis no tienen taxímetros. En México DF sí, aunque no todos)
 ¿Y de dónde son? Lo decimos. Ahhh, de España, qué bueno…
¿Y usted es de Puebla?  Noooo, compaaadre. Soy de Guadalajara, pero me casé con una poblana y aquí estoy.  Puebla es bonito pero no me gustan los poblanos. ¿Y eso? Ay, mire usted, son muy faaalsos.  Sonríen y a todo dicen sí, y luego es que no.
(Nos aguantamos la risa).  ¿Le importa que fume? (Ya sabéis quién)
No compaaadre, puede usted hacerlo, que sé que es un vicio.
Sí, alguno hay que tener y no pienso renunciar a él (frase tópica del acompañante, pero para una conversación de taxi, resultona)
Diga usted que sí, que sin vicios no se puede viviiiir. Mire, yo, el tabaco la verdad es que no, tampoco tomar (beber). Mi vicio son las mujeeeres.
(Se ríe. Le miro por el retrovisor, le faltan los dientes delanteros)
Pues eso es peligroso, su mujer no estará muy contenta.
Ya no es lo mismo (continúa, le gusta el palique). Mi mujer, sabe, no quiere. Y además, la edad no perdooona, pero usted se morirá antes, porque fuma.
Ah, eso nunca se sabe.
Pero como vicio, tendrá que reconocer que mejor las mujeres que el tabaaaco. (Yo, con cara de ocho) Miren, como están de vacaciones, les doy mi teléfono y si quieren les llevo a Angelópolis, a Atlixco, a unos sitios muy padres. Aquí lo tienen (nos da un papel con él, no es una tarjeta)
Déselo a mi señora, ella lo coge.
¿Por qué compadre?
Para que llame ella, su mujer sospeche y luego le pregunte que qué tiene usted con una española.
Órale, que no se anda con chiquitas, aquí no es indio quien no se venga...

 LA TIENDA DE ABARROTES
 
Es de una belleza  enigmática y seria, como buena indígena. Regenta la tienda de abarrotes que hay al lado del fraccionamiento y con ella ha sacado adelante a sus hijos, uno de ellos ingeniero que trabajaba en la Volkswagen. Su nieta corretea siempre por la tienda. Qué bien puesto el nombre, abarrotes, la tienda donde todo está abarrotado y puedes comprar papel higiénico, champú, pasta de dientes, servilletas de papel, jamón, yogures, flanes, quesos, pan, fruta, verdura, bebidas, pollo… Algo parecido a las tiendas de los chinos, que aquí no hay porque ya lo hacen ellos. Disponibles todos los días y a todas horas, incluso domingo. Si la puerta está cerrada pero no está echada la reja, puedes llamar y ella, que vive arriba, baja y atiende. Al poco de haber ido a comprar, bastante a menudo, pues es como los primeros auxilios me dice:
¿Y de dónde es usted?
De España.
Me mira y sigue: ¿de qué ciudad?
De Madrid.
Ah, en el norte, ¿no?
Y pienso, claro, la mayoría de españoles que aquí llegan, o gallegos o asturianos o vascos. Asiento con la cabeza y sonrío, para qué desmentir.
¿Y se puede saber qué hace por aquí?
No lo pregunta con altanería sino con la curiosidad de no entender.
Ya ve… la vida.
¿Aquí? Contesta.  Esto es el infierno y aquello Europa. Dicen que las calles allá están siempre limpias.
No contesto. Es curioso, porque es la misma observación que yo me he hecho. Vaya donde vaya, calles, ranchitos, casas paupérrimas  pero calles siempre limpias, ni siquiera cagadas de perros y todos tienen. Claro que aquí la población es joven y no tienen problemas en agacharse. En España mucha gente mayor tiene perro, su única compañía y ni modo de recoger la cagada. No hay casi papeleras, pero tampoco papeles en el suelo. En el DF las que hay son de la misma concesionaria que  puso las de Madrid, porque son iguales.  Si te fijas puedes encontrar algún papel entre plantas, al lado del camino, pero es tal la frondosidad de éstas, que los esconden.
Uy, no crea, digo, aquello no es así.
Sonríe y me mira escéptica, como pensando que soy tonta por estar aquí.
Ella  tiene cara de  lista.
 
 
EL INGE
De los mexicanos más grandes que he conocido. Grande y gordo. Le gusta la música y cantar con una inmensa voz que proyecta desafinada. Toca la guitarra, canta sobre play back musical. Y es ingeniero. El inge Quiñones. Lleva unas camisas en las que se ha hecho bordar, sobre el bolsillo derecho, el logotipo de su empresa, y en el lado izquierdo “ingeniero Alberto Quiñones”. El orgullo de alguien que salió de abajo y que con mucho esfuerzo  ha llegado. Ha llegado a un fraccionamiento y a siete hijos que le están arruinando por darles todo lo que él no tuvo. De nuevo confundir educación con desquite. Fan de Alejandro Sanz y, a través de él, de Camarón  y Paco de Lucía. Canta rancheras y escucha flamenco con afán y pregunta porque no  entiende pero le llega al alma. Con eso basta, le digo. Me gustaría ver al Camarón  en directo alguna vez,  dice. Ya es imposible, contesto. Me cantó las mañanitas por mi cumpleaños.
 

 
 
 

Este anuncio de preservativos lo fotografié en una farmacia que, además, vendía tabaco. Me pareció genial, la señora mayor, abuela, con cara de alegría... ¿por no quedarse embarazada?

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